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¿Ya tienes tu lista de deseos para El Buen Fin? ¿Ya hiciste tu lista en el sitio online de tu tienda favorita y sólo estás esperando que liberen la promoción para  hacer click y endeudarte por los siguientes 18 meses?

Bien, estás cumpliendo tu deber ciudadano. ¡Lo digo en serio! Desde que naciste, no has escuchado otra cosa que no sea: es nuevo, lo necesitas; es mejor que el tuyo, cámbialo; para eso trabajas como idiota, para disfrutar tu dinero, gástalo.

Insisto, estás cumpliendo con tu deber ciudadano. Bien por ti. Ahora, hay una parte de ti que sabe que las ofertas de este fin, no son ofertas. Que en realidad, ese par de zapatos que por las siguientes 48 horas costarán un 10% menos (esa etiqueta de 40% está infladísima), esa nueva consola de videojuegos, esa nueva televisión, no harán tu vida mejor.

Estrenar algo en oferta es un rush tan parecido con la borrachera o el enculamiento que es absolutamente comprensible que todos estemos cazándolo a la menor provocación. Sacas de la bolsa plástica una caja de cartón que está protegida por plásticos con pegamento para que no se abran fácilmente. Rompes los sellos, sacas el unicel que protege tu tesoro. Éste, se encuentra además, resguardado en otra bolsa, para que el unicel no lo raye y la estática no lo invada. Finalmente está en tus manos, y tras colocarlo en el altar que diseñaste para este añorado objeto del deseo, quedan los rastros del efímero encuentro sexual en donde lo desvestiste para poseerlo.

Y ahora, todo la basura.

Y en un mes, o tres, el estado de cuenta, que presenta una cantidad que ya habías olvidado, que no tenías presente, que se suma a esa emergencia de otra compra que ofrecía una mejor oferta. Comprar se vuelve un ritual tan fallido como el sexo casual que dura 6 minutos de fricciones convulsivas.

Recuerdo esos rushes. Recuerdo la emoción que me dio en muchísimas ocasiones, comprar un objeto que sería desechable en menos de un año para provocarle la sonrisa a alguien amado. No, nunca me pregunté cómo hacerlo sonreír por mí misma o por qué no podía sonreír sin comprar algo; para qué si las ofertas y los objetos otorgan esa euforia tan difícil de encontrar de otra manera; para qué si es tan fácil comprar algo y ver sonreír a quien amas.

Hoy esas emociones tan intensas, me las provocan otras cosas… Corrijo: hoy esas emociones, me las provocan las experiencias. Y sí, esas también cuestan, pero no implican gastos a meses sin intereses, ni tiendas llenas de borrachos de euforia compitiendo por ser el primero en comprar algo.

Gasta en experiencias, no en objetos. Esos mil y cachitos de pesos que te gastarás en comprar una chamarra que de verdad no necesitas, que sólo crees que te hace falta porque ese color es el que no tienes en el clóset, ocúpalos en invertir una tarde recorriendo restaurantes locales en un gastrotour.

Si de verdad encuentras una GoPro con 50% de descuento, gasta 200 pesos más en un Uber y ve a un refugio animal; a un museo; a una marcha por los desaparecidos; ocupa tu GoPro en que sea los ojos de muchos más.

Compra aquello que te empuje a crear un momento que se prolongue más allá de ese febril y apasionado encuentro entre una caja y tú. Olvídate de las tiendas de cadena, de las tiendas en línea, entérate de qué pequeños productores, de qué comerciantes locales están ofreciendo promociones reales y compra algo que te dure más de un año, con lo que puedas crear decenas de momentos con otro ser vivo.

¿Ahorraste mucho para este Buen Fin? Hazte un favor, espera. Agárrate de la cartera, y ve a la tienda donde vas a comprar tu objeto del deseo, siéntate a ver a los compradores. Observa su urgencia, cómo la vida misma se les va en validar su existencia en esa televisión, en ese home theatre, en esa bicicleta. ¿Eres tú? ¿Te pareces? ¿A cuántas compras estás de ser feliz?

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